martes, 5 de marzo de 2013

Como una caja de chocolates


Mucha gente viene a Bariloche a esquiar, hacer kayak, cabalgar por el bosque, admirar el hotel Llao Llao, subir a ver el lago Nahuel Huapi desde el cerro Campanario, jugar golf, hacer canopy, bicicleta... yo hice varias de esas cosas, aunque no lo crean, pero no vine a eso.

     Yo vine a Bariloche a comer chocolate. No mucha gente en México lo sabe, pero el chocolate de Bariloche está dentro de los mejores del mundo. Voy a saltarme su viaje de México a Europa, que si Moctezuma, que si Hernán Cortés, que si a Carlos V le encantaba, que si madame de Pompadour tomaba un buen, que si el marqués de Mancera tenía parkinson y para él inventaron los platitos de las tazas... saltemos también a Conrad Van Houten y a Milton Hershey y a Rudolph Lindt. El caso es que en 1947 un chocolatero de Turín, Aldo Fenoglio llegó a Bariloche huyendo de la guerra y comenzó a fabricar chocolate aquí.

     En Bariloche la especialidad es el chocolate en rama y hay muchas chocolaterías tradicionales. Ni modo, no pude entrar a comer en todas, pero sí visité las que más me recomendaron. Primero, Mamuschka, que se distingue por las hermosísimas latitas en que te ponen los chocolates (acá les dicen bombones). Saliendo de ahí, casi a rastras, entré en la igualmente famosa Abuela Goya, que he de decir que fue el único lugar en que se acercaron a ofrecerme pruebas de chocolate en una canastita. Morí, era delicioso. Las latas también muy padres, y también tenían tarritos para mermelada y azucareras y todas esas cosas que me vacían la cartera cuando viajo. Sale una latita de chocolates para el camino.

Mamuschka




En Abuela Goya


     Pasé por un lugar llamado La Mexicana de Bariloche, eso estaba muy intrigante. Ahí pueden encontrar la famosa mermelada de rosa mosqueta que venía buscando desde cuándo. Pero hoy tocaba chocolate, así que seguí caminando en búsqueda de la que me recomendaron como la mejor chocolatería de Argentina: Rapa Nui.


     No tuve que buscar mucho, en cuanto pasé enfrente el olor me atrajo como a las moscas (moscas guapas, obvio). Ese lugar es un sueño. No solamente encontré el chocolate en rama, también había alfajores de todos sabores, bombones, mermeladas de sauco, arándano, frutos del bosque, frutilla, rosa mosqueta, licores de los mismos sabotes, chocolate en polvo, cocoa, fondue, paté de trucha, de hongos, de ciervo, pimienta ahumada... no bueno, me llevé la tienda. Rapa Nui es del hijo de Aldo Fenoglio, Diego. Cuando el papá murió, su hija vendió la marca a los alfajores Havanna, de los que todos hemos oído hablar. El hijo siguió con la tradición familiar aquí.



     Pero no porque se haya vendido Havanna ya no hace buen chocolate. Visité el museo del chocolate, que es la fábrica de Havanna y me queda justo enfrente del hotel. Ahí sí se detuvieron que si con Hernán Cortés y todo eso. Yo feliz con la tacita de chocolate caliente que me dieron me pasée por ahí y seguí comiendo. Había toda una familia de pingüinos y dos zorros hechos con chocolate. Porque la vida no es suficientemente random, supongo.


Mezcladora





Bueno, ya lo dijo Forrest Gump, ¿no? La vida es como una caja de chocolates, nunca sabes lo que obtendrás. Lo malo es que sí sé lo que me costó el chiste, ay.

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